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que nada es casual. El afán de María Eugenia
Catoni de poner en blanco y negro el resultado de su búsqueda,
de ordenarlo en dos grandes grupos que se oponen: la luz y
la oscuridad es, no cabe duda, un interés que trasciende
su experiencia en el lienzo y que deja al descubierto que
hay una conexión cierta entre lo que nos narra su lenguaje
plástico y lo que sucede en el mundo.
Este es el principal elemento innovador de
El Ombligo del Sueño. Su empeño por
descifrar lo oculto, lo que flota en el inconsciente, y ordenarlo
para narrarlo, es la premisa que le da sentido a su oficio.
Los colores vivos, que antes dominaban todos sus trabajos,
quedan atrás para darle paso, tal vez sólo por
un instante, a luz y a la oscuridad.
En esta ocasión María Eugenia
Trasciende el Lienzo, reconoce que llevar su pintura a los
extremos de la oscuridad y la luz, es un paso en el proceso
que la obliga a saltar a la superficie del cuerpo de un maniquí,
a explorar otros soportes tan cotidianos como el tacón
del un zapato y a asumir el reto de traducir su pintura al
lenguaje auditivo contando, con su voz, lo mismo que la lleva
a su taller todas las mañanas para descifrar, para
poner en blancos y negros.
El Ombligo del Sueño viene,
también, preñado de otras ideas. La intención
de comunicar lo onírico no es un afán intimista,
viene dado -entre otras cosas- porque el sueño es denominador
común de nuestra especie. Por eso la presencia de códigos
comunes implícitos en obras como La cajita Infeliz,
Vargame Dios o, simplemente, con la introducción
de elementos tan universales y cotidianos como el rostro de
Mickey Mouse o un par de zapatos.
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